N°177 - 03/Oct
Nº 177 10/2018 Edición Octubre

Problemas del sueño: ¿cómo evitarlos?

Las dificultades para conciliar el sueño y los múltiples despertares nocturnos son muy comunes en niños pequeños. El 50% de los menores de cinco años y el 27% de los niños en edad escolar presentan problemas de sueño.

Las causas son variadas, pero aproximadamente el 80% de los problemas del sueño son de origen conductual, esto significa que la falta de hábitos sanos es la mayor responsable. Estos problemas se presentan de diferentes formas, que varían de acuerdo a la rutina de la casa, la personalidad del niño, y la forma que sus padres le enseñaron a dormir desde que era recién nacido.

Casos más comunes:
Recién nacidos (0 a 3 meses):
Los recién nacidos no suelen presentar patrones muy claros de sueño, ya que está en fase de maduración. Pueden dormir una siesta de tres horas un día y al día siguiente apenas media hora, o dormir seis horas seguidas una noche y tres en la otra.
El sueño del recién nacido es predominantemente REM (sueño liviano), con pocos períodos de no-REM (sueño profundo). Por eso se despierta fácilmente, molesto por gases, por el reflejo de Moro, o por cualquier otro estímulo sensorial a su alrededor.
El problema más común en esta edad aparece en las últimas horas de la tarde. Muchos padres comentan que sus hijos suelen llorar y presentar irritabilidad extrema diariamente a estas horas, asociando estos síntomas al cólico.
Es verdad que los cólicos pueden estar presentes en bebés recién nacidos, pero ¿por qué la irritabilidad en estas horas específicamente?
Muchos bebés presentan irritabilidad al final de la tarde porque están agotados. El cansancio extremo hace que quede más sensible, irritado e incómodo frente a cualquier síntoma, como el cólico. ¿Qué podemos hacer para evitar estas horas tan difíciles? Un bebé recién nacido debería quedarse muy poco tiempo despierto entre sueños. Si pasamos de este tiempo, la hormona relacionada con el estrés, el cortisol, aumenta en su cuerpo, haciendo que quede más alerta de lo que debería e impidiendo que se duerma. De esta forma, entramos en un ciclo de cansancio y estrés del cual es difícil de salir. En las primeras semanas, no debería quedarse más de una hora despierto, y alrededor de los 3 meses, 1 hora y 45 minutos.

3-6 meses:
Alrededor de los 4 meses el sueño madura y comienza a presentar ciclos más parecidos a los nuestros, con una duración de 2-4 horas. Algunos patrones de sueño aparecen y los padres empiezan a preocuparse porque sus bebés duermen muy poco durante el día y se despiertan cada 2-4 horas durante la noche. En este caso, estamos hablando de asociaciones negativas con el sueño. Los bebés que hasta este momento no saben dormirse solos y adormecen mamando, siendo hamacados por los
padres o en el cochecito, al despertarse entre los ciclos de sueño en la cuna sin la mema, brazos de los padres o el cochecito, no logran volver a dormir porque dependen de estos elementos para hacerlo. Por lo tanto, lloran y piden ayuda para volver a dormir.
¿Qué podemos hacer? Enseñar a nuestros bebés a dormirse sin la ayuda de elementos externos a su cuna (o a la cama de los padres, en el caso del colecho). Es decir, debe ser colocado en la cuna / cama despierto, sin mema, para dormirse de la misma manera en que se va a despertar durante la noche. Para ayudarlo a dormir solo, podemos hacer un ritual, con una música tranquila o una historia, que se repite todos los días y le ayuda en la transición del juego al dormir.

6-9 meses:
A los 6 meses, los bebés suelen manifestar la primera crisis de angustia de separación. Alrededor de esta edad entiende que no es una extensión de la madre y que puede ser dejado solo. El miedo al abandono hace que él sufra cada vez que se separa de la madre, y se muestre descontento al ser dejado con otro adulto o solo en el cuarto.
Al colocar al bebé para dormir y ver que se queja o llora, los padres terminan quedándose en la habitación o haciéndole dormir en los brazos, causando así una regresión en el sueño, creando muchas veces una asociación negativa, que no existía.
Para amenizar la angustia de separación, debemos charlar mucho con el bebé, explicarle que no será abandonado, que la mamá siempre vuelve, y despedirnos al salir, nunca salir escondidos. Para evitar regresiones en el sueño, debemos ser consistentes, mantener la misma rutina que teníamos hasta entonces, calmarlos cuando lo necesiten, pero permitir que continúen durmiéndose solos.

9-12 meses:
Estos meses están marcados por grandes aprendizajes como gatear, ponerse de pie y caminar. Este desarrollo suele influir mucho en el sueño, principalmente nocturno, ya que los bebés están tan contentos con sus nuevas conquistas que quieren repetirlas durante la noche también.
Puede ser que usted vea a su bebé despierto gateando por la cuna o de pie a las tres de la mañana. O, que antes de dormir, se quede una hora caminando por la cuna hasta que se duerma.
Muchas veces nos asustamos con estos escenarios o nos preocupamos por el tiempo que está llevando para que el bebé se duerma e intervenimos. Nuevamente, creamos asocia-ciones negativas con el sueño. El bebé entiende que si se pone de pie en la cuna recibe atención de la madre, que viene y lo pone acostado, le hace cariño, habla con él. Comienza a repetir este comportamiento y ya no se duerme más sin esta intervención. La solución es siempre mantener la consistencia. Mientras no estén llorando o necesi-tando ayuda, debemos permitir que entrenen sus nuevas habilidades, y que se duerman solos en su tiempo.

12-18 meses:
A los 12 meses ocurre un salto importante de desarrollo, y muchos bebés presentan una regresión importante en el sueño. Se niegan a dormir su siesta, se despiertan en el medio de la noche gritando, no quieren acostarse y lloran al ser colocados en la cuna. Muchos padres que tienen hijos en este grupo de edad, contactan preguntando qué hacer, y se cuestionan por qué sus hijos están protestando tanto de repente. Si el niño dormía bien antes de la crisis, y nos mantenemos consistentes, no dejando que sus protestas cambien los hábitos creados hasta entonces, la crisis debería terminar en tres a cinco días y todo vuelve a la normalidad.
Durante la crisis, podemos dar más cariño, hacer rituales más largos antes de la hora de dormir para ayudarlos a relajarse, calmarlos cada vez que despiertan gritando, pero siempre con el cuidado de ayudar solamente mientras necesitan y no ampliarlo hasta que se duerman.

18-24 meses:
En este grupo de edad la siesta de la mañana desaparece, y el niño que dormía dos veces al día pasa a dormir una. Es una fase difícil porque por un lado ya no quiere dormir la primera siesta, por otro queda demasiado cansado para esperar hasta la tarde.
Es importante prestar mucha atención a las señales de cansancio, y si la siesta de la mañana no sucede, la de la tarde debe ser anticipada. Si el niño no duerme durante la mañana por algunos días, esto no significa que no podemos volver a ponerlo a dormir la siesta de la mañana en el futuro. Todo depende de cómo durmió por la noche, de las actividades que realizó durante el día, de su cansancio. La transición de dos a una siesta debe ser gradual y natural.
Ponerlos a dormir bien temprano también ayuda a equilibrar la falta de la primera siesta.

2-4 años:
Esta edad está marcada por muchos cambios importantes: la mayoría de los niños comienza a frecuentar el jardín y pasa de la cuna a su propia cama. Es una edad marcada por miedos y pesadillas, que también pueden entorpecer el sueño.
El problema más común ocurre con el cambio de la cuna a la cama. El niño ahora tiene la libertad de salir. La solución que los padres encuentran es quedarse con los hijos en la habitación hasta que se duerman para que no salgan de la cama o llevarlos a la suya para evitar conflictos de madrugada.
Mi consejo acá sería esperar el mayor tiempo posible antes de cambiar su hijo de la cuna a la cama, y ​​al hacerlo, mantenerse firme en cuanto a las reglas, reforzan-do el comportamiento correcto en forma positiva con elogios.
Si el niño sale de la cama, una técnica bastante efectiva es el retorno silencioso: los padres no hablan nada, no se enfadan, simplemente lo ponen de vuelta sin ninguna interacción, la cantidad de veces necesaria.

A partir de los 4 años, la gran aliada de los padres será la rutina, con una hora de dormir consistente. Hacer un ritual bien tranquilo, con el cual tanto el niño como los padres se sientan cómodos y puedan disfrutar. Aclarar bien las reglas, evitando excepciones y si es posible involucrar a los niños en la decisión para que se sientan motivados a participar.
La hora de dormir debe ser un momento agradable y feliz para la familia, porque todos necesitamos una buena noche de descanso.


Paula Roitman
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Fecha
02/10/2018
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