N°178 - 03/Dic
Nº 178 12/2018 Edición Diciembre

El juego: el lenguaje de los niños

El cuerpo propio y el del otro, es el primer “objeto” con el que el bebé juega: sus manos, las cosquillas, esconder y mostrar el rostro, cumplen un papel fundamental en el desarrollo de su cerebro. Aún antes que surja el lenguaje verbal (alrededor de los dos años), el juego aparece con las primeras miradas entre el bebé y sus figuras de apego.

“Las conexiones humanas generan conexiones neuronales” según lo que afirma un estudioso del tema. Hoy lo sabemos más que nunca gracias al aporte de las neurociencias. Esto no es otra cosa que decir que es el encuentro con otro ser humano lo que transforma el cerebro del bebé. No es necesario tantos artefactos de plástico con luces. El mejor “juguete” para un bebé es el rostro de su madre, la voz de su padre, las risas de sus hermanos que estimulan el cerebro más que ningún otro objeto pensado para bebés.

Jugar es para el niño la forma de estar en el mundo con los otros. Los niños nos empujan muchas veces a jugar nuevamente, ya que como adultos, nos vamos olvidando de esta actividad (la actividad lúdica que todos tenemos dentro) por falta de uso. La perdemos por desuso. El juego permite al niño conocer todo lo que lo rodea y enfrentar los miedos que le genera ese mundo lleno de desafíos y de posibilidades nuevas.

El juego simbólico surge alrededor de los dos años, junto con el pensamiento y el lenguaje, y es aquel que se denomina también juego de roles. A través del juego simbólico el pequeño pone en práctica, por un lado, distintos roles que desempeñan sus figuras de apego en la vida cotidiana: jugar a las mamás, a los papás, a los doctores, a los maestros, y por otro, vive y revive en la fantasía aquellas cosas que pueden atemorizarlo y que se consideran miedos evolutivos básicos: jugar a ser un superhéroe, a derrotar a un dragón, a ser un villano, un rey, un león, encierra la capacidad de “exorcizar” los miedos básicos yendo hacia ellos.


Tiempo para jugar
Nadie puede negar que la infancia hoy se desarrolla en escenarios muy distintos a la de hace 30 o 40 años. ¿Donde jugaban los niños hace 30 años? El espacio público era ganado por los niños: las veredas, los parques, la vida al aire libre dominaba la escena de los tiempos de esparcimiento y recreación. Era muy común estar en la puerta de la casa jugando con otros niños sin que ningún adulto estuviera mirando o cuidando. El juego era, en general, grupal no individual, aunque esto estaba marcado también por la edad de los niños. Las edades se mezclaban, los niños mas pequeños corrían al lado de los más grandecitos, abriendo la posibilidad de imitar y aprender de los otros.

Las posibilidades de movimiento y de juego corporal que brindaban estos escenarios abiertos y públicos tenían que ver con trepar, saltar (la cuerda, la rayuela), correr, perseguir, atrapar. El cuerpo estaba en continuo movimiento. Agotados, transpirados, cansados de jugar al sol en verano (no había horario de restricción solar) o abrigados en invierno, los niños de hace 30 años dominaban el espacio exterior y tenían para eso mucho tiempo libre.

Si pensamos en los escenarios donde se desarrolla actualmente la mayor parte del tiempo (ya no “tiempo libre”)de los niños pequeños podemos decir que es en su mayoría en espacios cerrados, privados, en el interior de cada vivienda o institución educativa. Podemos preguntarnos qué tipo de juegos prima en estos espacios, en estos escenarios. Sin duda otro tipo.

No estamos realizando un juicio meramente de valor, no decimos “todo tiempo pasado fue mejor”. No es cuestión de idealizar el pasado o de tener una visión apocalíptica del futuro. Los niños hoy acceden a otros recursos, sobretodo digitales, que los impulsan a un nuevo mundo de posibilidades. La idea es acompañar las transformaciones y aprovechar los recursos que nos pueden brindar los avances tecnológicos aplicados a la vida cotidiana. Eso sí, es también nuestro deber como adultos responsables de “presentar” el mundo a los niños, tener un pensamiento reflexivo sobre el aporte y el impacto que dichos recursos digitales (videos interactivos, videojuegos, uso de tablet, ipads, celulares etc) tienen en la crianza de nuestros niños.
Volviendo entonces a la reflexión sobre qué tipo de juegos priman hoy entre los niños pequeños expuestos a la era digital, diremos que la mayoría de los juegos son sedentarios, con poco movimiento y posibilidades de exploración del entorno. Es muy difícil que un niño pequeño (y no tan pequeño) salte, trepe, corra si está cuasi hipnotizado por una pantalla.

Las pantallas tienen la capacidad de “dejar quieto” a un niño, eso es innegable. La pregunta que deberíamos hacernos los adultos es ¿por qué quiero que este niño se quede quieto? El niño juega y conoce el mundo que lo rodea a través del juego. El juego es movimiento, es acción, es imaginación mediatizada por la acción. Es imposible para un niño quedarse quieto si realmente está jugando. Tampoco estamos hablando que el niño tiene que estar en continuo movimiento. Es él mismo el que aprende a regular esto, pasando del movimiento a la quietud, de un juego más corporal a otro más sedentario. Y esa regulación lleva tiempo. Proponerle al niño alguna actividad mas sedentaria como leer un libro, pintar, dibujar, puede ser de ayuda si queremos que “baje” un poco el nivel de energía y movimiento.

Por lo tanto, una vez más diremos que la clave podría estar en brindarle un abanico de posibilidades, de escenarios, de recursos para que pueda desplegar su juego. Hay una frase que dice “cuanto menos haga el juguete, más hará la mente del niño”. Esta podría ser la premisa a la hora de integrar los distintos recursos que hoy rodean el mundo de los niños.

Que el tiempo de estar frente a una pantalla sea acotado y represente un recurso más, no el ÚNICO. Que exista la posibilidad de circular por distintos escenarios: la plaza, la vereda, el interior de la casa, la casa de otros (amigos, abuelos), el shopping, un museo, el cine, el teatro. Y que en estos escenarios lo acompañemos para que pueda crear un juego, si es con otros mejor, aunque esto dependerá de la edad del pequeño entre otras cosas.
Sabemos que no hay recetas a la hora de criar y que es una tarea que exige tiempo, paciencia y disponibilidad psíquica y emocional. No es un camino fácil. Pero sí debería ser un camino repleto de satisfacciones y de momentos de disfrute.

Evitar la exposición y el uso de las pantallas por parte de los niños hoy es muy difícil. Estamos inmersos en un mundo digital y esto ha traído muchos beneficios a nuestra vida cotidiana. Pero es un gran desafío también para los padres hoy, brindarle a los niños experiencias que tengan que ver con el juego y el encuentro entre seres humanos, sin la mediación de esta misma tecnología. El juego real, con otro real ahí que impone su existencia, donde juntos hacemos las reglas, nos divertimos o nos enojamos, nos reímos o nos frustramos, nos aburrimos y creamos otra cosa. No el juego virtual, donde “el otro” no está presente pero juega, donde no existe el “te espero en casa para jugar” porque no hay espera, porque el juego se desarrolla en el aquí y ahora en cualquier momento.

Dosifiquemos el tiempo de exposición de nuestros niños a las pantallas, y mientras apagamos el celular al llegar a casa (o lo silenciamos y lo “olvidamos” por un rato) busquemos instancias de encuentro significativas y gratificantes para todos. No hay misterio, pasan los años y cambian los contextos sociales y las necesidades, pero hay cosas que no cambian: sigue siendo el otro quien nos humaniza y a quien necesitamos en presencia y disponibilidad para nuestro desarrollo.

Si puedes:
Apaga el celular al llegar a casa. Los niños aprenden más de lo que hacemos los adultos, que de lo que decimos.
Dosifica el tiempo que tus hijos pasan frente a una pantalla. Acuerda con ellos de antemano el tiempo que permanecerán frente a ella.
Ofréceles actividades variadas y estimulantes donde puedan jugar sin restricción de movimiento, pasar tiempo juntos, disfrutar al aire libre.
Si se aburren, espera que puedan crear algo divertido por sí mismos, no les ofrezcas una pantalla como forma de salir del aburrimiento.
No uses las pantallas como forma de que tu hijo haga algo que no quiere (como comer, ir al doctor, bañarse, etc). Ayúdalo a que pueda focalizar su atención en el momento que está viviendo, no lo distraigas con otra cosa.
Genera instancias de encuentro con otros reales (ami-gos, abuelos, primos) donde puedan encontrarse y desarrollar así habilidades interpersonales tan necesarias para la vida en grupo.
No uses las pantallas como forma de que tu hijo se “quede quieto” o se tranquilice. Ayúdalo a que pueda aprender formas de regularse emocionalmente sin la intermediación de un objeto externo. Es el adulto quien modela y construye junto al niño los mecanismos de regulación de su conducta.

Los niños pequeños necesitan de adultos disponibles emocionalmente para acompañarlos en la crianza. Criar a un cachorro humano implica entre otras cosas, consolar, alimentar, cuidar, y JUGAR. Así como jugamos con un bebé pequeño que nos sonríe y nos conquista (esta es una gran capacidad de los bebés) no deberíamos dejar de jugar a medida que ese bebé crece y se transforma en un niño. Para esto necesitamos TIEMPO y GANAS.
Los adultos hoy en día disponemos de poco tiempo, eso es algo real. Pero una vez más diremos que el tiempo va unido a la calidad del mismo, y que los intercambios con un niño pequeño pueden ser cortos pero muy significativos. Para esto es importante saber que tenemos que conectarnos emocionalmente con nuestros hijos, sacarnos los zapatos, tirarnos al piso y ¡jugar!.


Yohana Sampietro
LIC. EN PSICOLOGÍA PERINATAL

Fecha
02/12/2018
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