Agosto 2017

Edición Agosto

Cuando era chica, para un día del niño, mis padres me hicieron un regalo muy especial que entraba dentro de una cajita de zapatos: un pequeño perro salchicha. Cuidarlo, dormir con él, bañarlo, jugar. ¡Todo era alegría!
De niña era amante de los perros - igual que todos en mi familia paterna- y quería ser veterinaria. Después, de adolescente, al ver que también se sufría por ellos, se me fue un poco el amor.
Siempre fui de la teoría que una mascota no es un juego, es cosa muy seria, y que hay que “ocuparse”. Es todo una responsabilidad. Por eso, cuando nacieron mis hijos, ya tenía bastante con ellos y me había propuesto no tener una hasta que fueran grandes y me pudieran ayudar.
Pero como la vida te da sorpresas, terminé teniendo una mascota antes de lo esperado. Nuestra gata se llamaba Sombra, así le puso mi hijo cuando se apareció esa cosa peluda un día en casa. Se le ocurrió darle de comer y se quedó con nosotros más de 12 años.
Y ahí quedó, siempre afuera, con frío o con sol. Tres mudanzas bancó, y se adaptó a cada una de las ventanas de las cocinas. De vez en cuando, me cazaba ratones y me los traía a cual “trofeo”. Hace pocos días se nos fue y se la extraña mucho. Sobre todo cuando desayunamos, porque no paraba de maullar hasta que le ponías su comida. ¡Logró ser tan querida!
No hay nada más lindo que tus hijos críen y crezcan con una mascota. Aunque después sufran al verlos ponerse enfermos o viejitos. Les aseguro que valió la pena cada uno de estos años. Y a la larga, no dan tanto trabajo.
Feliz día del niño para todos los angelitos que nos regalan tanta felicidad a nuestras vidas.
Hasta setiembre.
Rosina Campomar

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