N°167 - 10/Jun
Nº 167 6/2017 Edición Junio

Los bebés y el tiempo

Cuando se cuida a un recién nacido, es esperable vivir cierta confusión con el tiempo. Esto tiene una explicación y se vincula con un proceso interno de maduración que deben hacer los bebés. Es como si se transitara un desajuste en la temporalidad. Y es que los pequeños cuando nacen, no tienen desarrollada la capacidad de discriminar el día y la noche, los momentos ni las duraciones. Por eso, en las acciones que realizan quienes cuidan de ellos, se van desarrollando ritmos y secuencias que harán que el tiempo se transforme en algo natural.

Dejar el útero materno implica para el feto un manejo de la luz particular. Allí dentro, no sabe si la madre esta quieta porque es de noche o porque se sentó en la silla. La adaptación a la luz que deberá realizar ese nuevo ser, implicará todo un proceso en el que si o sí estará involucrado quien cuide de él. Esa vivencia hará que la mamá altere sus ritmos y se defasaje del resto de la gente.
Si se pone atención, los ritmos de sueño y vigilia de un bebé son breves, al igual que la alimentación, que demanda ser satisfecha en períodos cortos y que se vuelven a repetir. Quienes cuidan de él podrán tener vivencias como: “qué rápido pasó el tiempo” o “hace horas que estoy haciendo esto”, cuando en realidad quizá no haya pasado mucho.
Ese desencuentro es parte de la experiencia de la maternidad y la paternidad. Aquí se ponen en funcionamiento los relojes subjetivos que, de alguna manera, expresan la duración de acuerdo a las emociones que tenemos. Suele suceder que si sentimos placer, el pasaje del tiempo lo vivimos como más “corto” que en situaciones de desagrado, que nos puede parecer “más largo”, esto significa que duró más comparado al reloj cronológico.
Pero con un bebé, esa sensación de duración del tiempo puede variar según como nos sintamos: la actividad que realizamos puede ser la misma, porque hay rutinas que se mantienen, pero según como la estemos viviendo en un momento dado la podemos sentir distinta.
A las familias con un recién nacido les pasa esto, principalmente a la madre, porque está fusionada con su pequeño. Eso tiene que ver con lo que le ocurre también al bebé, ya que ambos funcionan como en una especie de simbiosis que, poco a poco, va dando lugar a la separación.


¿Y qué le pasa al bebé?
Los bebés nacen desconectados de su reloj biológico que es el que regula el ritmo de la vida. Es el llamado reloj circadiano (en latín “circa” es cerca y “diano” de día), que se vincula a los ritmos propios de la mamá-bebé. En los primeros días luego del nacimiento se establecen las interacciones que sientan las bases de una organización temporal óptima.
Este reloj es visible en nosotros en diversas acciones como la repetición regular de ciertos hechos: sueño-vigilia, patrones de alimentación, ritmos de secreciones de hormonas. Son las secuencias propias de la vida, que cuando se inician se regulan en función del ambiente cuidador del pequeño y le ayudan a organizar sus sistemas para vivir.
El bebé se mueve al ritmo del discurso materno-emotividad: cuando le hablamos, le cantamos, el estímulo auditivo tiene una respuesta que se refleja en sus movimientos, aunque estos sean casi imperceptibles al principio. Cuando lo miramos es como si lo tocáramos con la mirada, cuando le hablamos es como si lo envolviéramos con la voz. El ritmo que se genera cuando mira y saca la mirada, o al cantar y hacer una pausa, son parte de la comunicación con el pequeño y merece un profundo respeto.


“La absorción del alimento en un pequeño es muy veloz y eso es lo que marca el ritmo de todo lo que sucede dentro de su ser”.


La adaptación entre los ritmos de cuidado y satisfacción de necesidades físicas-emocionales, va dando lugar a una sincronización entre el bebé y el ambiente cuidador, lo cual facilita el apego y permite que se visualicen diferencias a los 10 días de nacido. Esto no significa que tenga su reloj biológico establecido en ese tiempo, sino que las sincronías remiten a los ritmos que se repiten, las pausas y los comienzos.

Esto lo podemos ver en la alimentación donde siempre hay presencia de otra persona para que le de su comida, sea por mamadera o lactancia materna, siempre es posible ver ritmo: succiona, se detiene, reinicia. Igual que el estado de ánimo, que pasa por estar despierto, en modorra o dormido.
Todos los bebés tienen su tiempo para regular el reloj biológico. No se puede apurar a que duerma cuando es de noche y que esté despierto cuando es de día con la misma cantidad de horas de sueño y vigilia que sus padres.
Es importante tener presente que hay un proceso de adaptación al que el recién nacido se somete con sus propios tiempos. Sobretodo que necesita a sus padres para poder regular esa danza que pasa del placer al displacer, de la satisfacción a la insatisfacción de manera muy unida con el cuerpo materno, sus ruidos, sus olores y sus formas.

Maria Soledad Vieytes
LICENCIADA EN PSICOLOGIA

Fecha
02/06/2017
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